Cenábamos un sándwich enrollado, los míos creo que tenían los nº 19 y 21, uno tenía frankfurt y mostaza, el otro apio y roquefort. Casi todos los sábados empezábamos allí la noche, yo siempre “sueps” de limón, ella coca-cola y una pizza o el biquini (jamón y queso) y luego de postre yo un cortado y ella una crema catalana helada. Visto en la distancia aquellas cenas tenían algo de rituales, sin pretenderlo por supuesto, pero pedíamos casi siempre lo mismo.
Las dos solas, porque el resto de amigas tenían novio hacía años o se acaban de casar. Supongo que comentábamos cosas del trabajo, anécdotas no faltan cuando trabajas en una guardería, o tratas con gente. Y mi amiga sabe explicar las cosas y hacerte reír con cualquier nimiedad. Tras la ventana del bar del perla (que tampoco se llamaba así pero así lo conocíamos, de modo que a veces bastaba con decir vamos al perla, o hacemos un perla) la noche de pronto se hizo sentir, el cielo se transformó con una tormenta eléctrica, no hacía frío, estábamos a mediados de verano, ella sugirió: nos vamos para casa y yo le dije, no que va, salgamos que hoy es una noche especial.
Aquella noche conocí, por primera vez al que luego sería mi pareja y padre de mis dos hijas, él se nos presentó y al hacerlo nos arrancó la sonrisa. Tuvieron que pasar varios meses, cierto, desde aquel primer encuentro, pero a veces pienso en aquella noche en la que el cielo se llenó de destellos blancos sin que cayera una sola gota de agua, y que hubiera sido de mi vida entonces si no nos hubiéramos conocido. Y a veces me da por pensar que seguiríamos comiendo los mismos sándwiches.