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Barcelona, Spain
Estudió en la Universidad de Barcelona. Ahora es madre a tiempo completo. Le encanta el café, la escritura, el cine, la fotografía, cuidar plantas y la buena compañía.

miércoles, 15 de octubre de 2008

El ascenso

El hombre no puede vivir si pan, pero tampoco sin poesía, me gustó la frase. Y poesía no era el género en si, sino que se refería a la belleza, a todos esos momentos placenteros de la existencia, explicaba de este modo que el afán de viajar, en realidad no es más que otra búsqueda del placer de la estética, de ese placer que nos produce ver cosas bellas. Decía el libro que sin las flores, sin las sonrisas, la vida sencillamente no sería tal. Y ello me llevo a pensar en todas esas cosas que no tienen precio, que pasan desapercibidas a nuestro alrededor pero que si un día nos faltasen echaríamos terriblemente de menos.
Hoy el mundo occidental vive pendiente de las máquinas, de un reloj atado a la muñeca, que a modo de grillete nos recuerda que somos todos un poco esclavos y nos retiene a este modo de vida prosaico y nos insta a cumplir con el horario, o de un móvil que constantemente nos da órdenes, o de blackberrys que gruñen al recibir mails, o de un portátil que te permite hacer casi de todo, salvo feliz. Ayer bajo la luz de la luna llena, era fácil imaginarse en otros tiempos sin tecnología, en condiciones de vida muy duras y en la autenticidad de aquellas. Ellos sabían interpretar las estrellas del cielo, nosotros que tenemos potentes telescopios no sabemos hacía donde hay que mirar. Del mismo modo que los gps, que con su eficacia más torpes y desorientados hacen a sus usuarios.
Y a veces pienso en la paradoja que resulta de este hecho, cuanto más sabemos menos entendemos de los fenómenos de la naturaleza. Por ello aún recuerdo cuanto me sorprendió cuando tuvimos noticia de aquel devastador tsunami, que sólo un niño supiese identificar el hecho que el mar abruptamente se retirase de la costa y su alerta protegiese a muchos.

Me gustaría hoy ser como ese niño, para decirte que es necesario encontrar el equilibrio, entre trabajo y tu espacio vital, porque de ti también depende que todos estemos bien. Que el estrés es algo pernicioso, que como una epidemia se contagia, mediante la prisa y la impaciencia y nos envenena. Que respirar lleva su tiempo y al hacerlo lentamente podrás apreciar algo nuevo.

Hace unas semanas escuche a una persona decir que la amistad de otra, era un agobio. Estaba cansada, con lumbalgia, su bebé malito pidiéndole brazos continuamente, y le habían hecho jefa. Y todo aquella retahíla de explicaciones, velozmente anudadas, casi entrecortadas, pretendían justificar que ella no tenía más tiempo, ni ganas, de esforzarse por nada ni nadie, que bastante tenía. No supe si alegrarme por su ascenso o compadecerme por su situación. Tal vez debería haberle dicho a esa persona que la amistad es una de esas cosas a las que me refería al principio, que es invisible la mayoría de las veces, nadie la proclama a voces, pero es la savia que te mantiene feliz y de algún modo da sentido a nuestra existencia.
Pero callé, asentí y la felicité por su ascenso.