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Barcelona, Spain
Estudió en la Universidad de Barcelona. Ahora es madre a tiempo completo. Le encanta el café, la escritura, el cine, la fotografía, cuidar plantas y la buena compañía.

viernes, 13 de abril de 2012

Una hora

Hay una hora, en un día de la semana, en que las extraescolares de mis hijas coinciden y dispongo de una hora para mí. Puede que suene raro, teniendo en cuenta que por la mañana van al cole, pero no lo es en absoluto. A esa hora, a media tarde, estoy fuera de casa y muy cerca de una biblioteca. Convergen el tiempo, el espacio, la oportunidad y la tentación a partes iguales.  
Me subo a la tercera planta, busco mi rincón favorito y allí como un amante, que eternamente espera,  está el sillón rojo, no diré que me espera con los brazos abiertos porque ni los tiene, ni  los tuvo nunca porque es fruto de un diseño contemporáneo y minimalista,  pero su carencia uno la perdona enseguida por la comodidad con la que te recibe,  la misma comodidad que uno siente en compañía de los buenos amigos.
Hoy necesitaba poesía. Cuando me canso del día a día, de las conversaciones que no dicen nada, necesito que alguien me diga mucho en muy pocas palabras. Necesito una síntesis que me emocione o que me conmueva. Hoy me dolía la cabeza, no tenía ganas de otra cosa, que de silencio  y de palabras, necesitaba palabras escogidas y casi siempre las encuentro  en los versos, muchas veces sin rima, en esos ritmos sutiles y ocultos que tanto me asombran a veces.
Buscar entre las estanterías a mi antojo es una de las cosas que me hacen, sumamente, feliz. Siento una alegría infantil, una levedad como de mariposas, poso la mirada por todos esos autores. Últimamente me decanto más por ellas. Cogí una antología de Alfonsina Storni, cogí otra antología de Benedetti y reparé en un apellido raro, que al tiempo me recordó a una clase en la facultad. La foto de la contraportada sin embargo no me evocó su imagen de entonces. Lo recordaba más delgado, más nervioso y la foto, en blanco y negro, mostraba un apacible y apuesto hombre.

Así que lo tomé con curiosidad primero, con creciente admiración a medida que pasaba de un poema a otro. Me lo llevé a casa, lo he buscado en la red, tiene blog, sigue de profesor en otra facultad, colabora en una revista y ha escrito bastante, ganado algunos premios. Y yo pensé que he hecho en todo este tiempo. Veinte años han pasado ya desde mis veinte.

Ni un solo concurso, ni un solo libro. Ni de poemas que son más breves. Tal vez por eso sentí un orgullo indescriptible cuando mi hija hace unas semanas, se empeño en llevar su cuento  a un concurso literario del ayuntamiento. Su obstinación, fue mayor que mis recriminaciones por presentarlo en el último momento. Pero no se dejó convencer, ella quería presentarlo. Así que cogimos los paraguas, nos fuimos a comprar el sobre grande, luego a desayunar  a un bar del centro  y  por fin,  nuestros pasos abrieron las puertas de cristal y entramos a entregar su cuento.

 No sé si ganará, pero te aseguro que viendo su determinación, su voluntad y sobretodo aquella cara, con una sonrisa que mezclaba ilusión y satisfacción,  a mi, me hizo sentir la ganadora de todos los premios.
Otra vez constaté que los niños son mejores maestros, no dicen ves ya te lo dije.

 Son sencillamente majestuosos.

miércoles, 11 de abril de 2012

Días de descanso

Esta semana santa, los cuatro días los hemos pasado en la Costa Brava. Encontramos un hotel en el último momento que nos gustó, cerca de un complejo de golf. No he jugado nunca, pero la verdad creo que se me daría bien porque creo que tengo buenos reflejos, puntería y precisión. Cada uno sabe sus puntos fuertes y sus limitaciones, y así como te digo que no me gusta el padel pues lo encuentro caótico y con poco estilo, no me importaría probar jugar al golf en otra ocasión.

Sin embargo lo más curioso de estos días ha sido constatar como cambia la percepción del tiempo cuando estas fuera de casa. Los ritmos son otros, porque evidentemente no haces las mismas cosas que en tu casa, he tenido la extraña sensación, cómo si el tiempo se doblase, a mi estos días me han cundido como si hubiera sido una semana entera.

Supongo que es porque no hay nada que hacer. Y eso que hemos hecho muchas cosas, leído, echado siestas, muchas risas porque íbamos con unos amigos muy simpáticos y con muchos niños, compartido todas las comidas y cenas,  paseado por S'Agaró, hasta un sauna con alemán desnudo incluido... que para ser la primera vez que se tomaba una sauna mi amiga vaya recuerdo memorable, jugado al billar y al pin pong, nos hemos relajado en la terraza de la piscina.
Pero la tónica general ha sido esa sensación de paréntesis, como si se hubiera ralentizado mi percepción del tiempo, como si sobrase tiempo y eso que suele decirse que cuando te lo estás pasando bien el tiempo parece que pasa más rápido. Pues esta vez no, a mi no me ocurrió. Debe ser por qué no duermo igual fuera que en casa. Tuve muchos sueños esos días y eso que las camas y las almohadas eran realmente estupendas.

Será la calma, los paisajes y esos apartamentos que parecen casitas de juguete, con sus seis vasitos, sus seis platitos, sus seis bols, sus seis tacitas, su nespresso (humm) y su cajón de menaje, dispuesto...como si tuvieras que ponerte a operar en vez de preparar unos spaguetti con pesto.

La verdad  es que hemos disfrutado de estos días. De volver a los paisajes que ya conocemos pero que no por ello pierden su encanto.