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Barcelona, Spain
Estudió en la Universidad de Barcelona. Ahora es madre a tiempo completo. Le encanta el café, la escritura, el cine, la fotografía, cuidar plantas y la buena compañía.

jueves, 28 de abril de 2016

Una buena persona.

Ayer hizo dos meses. Hace dos meses no pude dedicarle unas palabras, aunque tenía mi mente llena de ellas, palabras de inmenso cariño, de agradecimiento, de admiración hacia su persona y su forma de ser, pero no podían salir porque la tristeza las ahogaba.
Ayer después de una tarde tan parecida a otras, en las que merendaron e hicieron deberes, mi hija pequeña se echó a llorar desconsolada, se tapaba los ojos con las manos, pero cariño que te pasa ...que esto es como una pesadilla que quiero despertar y que esté el yayo aquí, pasar tiempo con él.
Me parecieron  palabras muy grandes, un sentimiento muy profundo, para ese cuerpo menudo y moreno. Pero la abracé y le dije que todos nos sentimos igual, que a pesar de que parece que todo sigue igual, hasta la yaya ayer nos envió un tupper con la sopa de los garbanzos, nada es igual, le echamos mucho de menos.
Conozco a pocas personas tan buenas como era él. Nunca tuvo un no para mi, fue un buen padre y aún mejor abuelo, porque no había nada, ni película, ni fútbol, ni partida, que fuera más importante que estar con sus nietos.
Yo cada vez que llevo a la nena a música y vuelvo con la guitarra a la espalda y la bolsa de la compra recuerdo cómo se me ofrecía siempre a acompañarnos, déjame que te lleve la guitarra y se la colgaba, y yo le hacía la broma Pepe que vas a parecer un roquero y me decía pues dame las bolsas. Pobre al final cuando le molestaba la rodilla era porque tenía el menisco deshecho, pero ni aún así se quejaba, porque había estado en la legión de joven, y eso forjó su carácter, era un hombre de palabra y nunca se quejaba de nada, incluso te decía yo sé defensa personal si algún día tienes un problema y la verdad es que a sus 76 años era un hombre fuerte y guapo.
Pero en un momento determinado, recuerdo aquella conversación en una sobremesa de un domingo que habíamos ido a comer llevando canelones y pollos a l'ast de la tienda de abajo, recuerdo que dijo he dejado de jugar al dominó porque se me olvidan los palos, diametralmente opuesto a cuando antes te decía soy bastante bueno jugando.
Y luego la desorientación dentro de casa, ir a buscar las palomitas, las palomitas que siempre hacía a sus nietos nada más llegaban a su casa, a la habitación dentro de su armario o el día que tuvo que llamar a su mujer porque no recordaba donde estaba el lavabo.
Mi suegro fue una persona extraordinaria, y de su vida podría hacerse una buena película, que empezaría cuando su familia pierde su fortuna al vender propiedades y pagarles con dinero de Negrín. Luego su infancia cuidando rebaños de cabras, durmiendo en cuevas en la Sierra Mojante, aprendiendo a leer y a escribir él solo pidiendo a otros que le enseñasen, siempre reconfortado por el cariño de su madre. Después su juventud, alistándose voluntario, en el Sahara. Luego trabajando en Paris, Bruselas y en Suecia, viviendo intensamente con la única premisa de no acomodarse, porque él quería volver a España, casándose después con una jovencísima María, una chica que conocía del pueblo dónde nació.
Que fue un trabajador incansable, que tuvo que madrugar mucho y trabajar muy duro, para darle todo lo mejor a su familia, comprándole a sus dos hijas todo por duplicado, las mejores muñecas, igual que luego hizo por su hijo.
Que puedo decir, sino que le echamos de menos, que echamos de menos su forma de querernos, de demostrarnos que le importábamos. Creo que a todos sus nietos los quería con locura, de todos se sentía orgulloso, por todos se desvivía.
Si mi hija mayor hacía un dibujo, lo guardaba con cariño porque está niña pinta muy bien, podría ser pintora y por la pequeña tenía un cariño especial, decía que tenía sus ojos. Por eso ayer me impresionaron tanto sus palabras.
Cuando cumplió 77, este diciembre, hicimos una gran fiesta, porque coincidía con su cincuenta aniversario de bodas, hicimos un convite, reunimos a la familia, fue una celebración pero unos pocos también sabíamos que aquello también era una despedida, a lo grande como él se merecía. Me abrazó y me dijo que yo era una hija más. Y yo le agradeceré siempre, esa última muestra de cariño porque no podíamos saber que tan solo dos meses más tarde, nos reuniríamos esta vez para despedirle, el tanatorio lleno, de familiares, amigos, vecinos y todos diciendo que era una muy buena persona.

Supongo que esa es la lección de vida más importante que he recibido de él: Sé bueno, generoso, alegre, no pierdas ocasión de hacer algo con tu familia, diles siempre que les quieres.

Tuviste una vida feliz, aunque hubiésemos querido tenerte más tiempo con nosotros. Descansa en paz y disfruta de esa nueva vida y sigue cuidándonos a todos, como siempre has hecho. Te queremos, Pepe.